NOTAS

Una construcción cotidiana

Estoy de vacaciones. Recorrí algunos puntos turísticos, lo que me permitió ver gente de diferentes nacionalidades y, distendido, analizar algo de sus conductas. 

Por Jaime Clara

Como sucede en los últimos años, el verano europeo viene caliente, bochornoso. En lugares de turismo internacional se puede observar a personas que llegan de diferentes puntos del planeta, de vacaciones. Mujeres y hombres solos, en pareja, en grupo o en familia. Todos con su cabeza puesta en el disfrute. En la mayoría de los casos, los destinos elegidos son tan internacionales, con tanta gente tan diferente, que cada uno, incluidos nosotros, pasa desapercibido. Difícilmente nos encontremos con algún conocido en estos lugares que convocan a miles de personas cada año. Ser uno más, sin vínculos conocidos, nos da la posibilidad de ser diferentes a como somos en nuestras rutinas cotidianas. 

Sentado bajo una sombrilla, al borde de una piscina, miro a mi alrededor. Veo a esa señora cincuentona, o de más años, o menos, no importa, que quiere saltar a una piscina con un bikini que jamás se pondría frente a su grupo de amigas. Da gusto verla disfrutar de su cuerpo o de esa prenda que quizás se compró con recelo, sin pensar en el qué dirán. Allí está ese panzón, que no va a la playa, justamente porque le avergüenza su sobrepeso. Toma sol, su cara denota una leve sonrisa de satisfacción que hacía tiempo no tenía.  Esas dos amigas se hacen en su pelo unas trencitas que las hacen sentir Bo Derek, por algunos días, "total, antes de volver, nos las sacamos", confiesan mientras creen que lo que hacen es una travesura lejos del barrio. Son felices a su manera, de vacaciones, lejos de su cotidianeidad y de las miradas conocidas. De estos ejemplos seguro todos conocemos algunos, o parecidos. 

En el fondo, es un tema de autoestima, tiene que ver con nosotros, con asumirnos. Es lo que Dove llama, desde hace tiempo, la belleza real. La autoestima es una construcción diaria. Es sentirnos auténticos, con nuestra edad, con nuestros kilitos de más o con nuestros rulos. Así somos, con todo el derecho del mundo de querer cambiar. Pero ese cambio también debe ser un deseo posible. El modelo a seguir también tiene que estar acorde a nuestra realidad vital. En mi caso, ya cincuentón, no puedo, por más que quiera, volver a los diecisiete, como dice la canción. Así que mi desafío es disfrutar de esta década como la mejor, porque cada día construimos nuestro destino. 

Dar rienda suelta a nuestros deseos contenidos durante las vacaciones está muy bien. Pero siempre hay que volver, porque las vacaciones se terminan. Que esas ganas de ser distintos, que esa autoestima la podamos desarrollar y fortalecer cada día. Seguramente así, nos sentiremos mucho mejor, con nosotros mismos.