Notas

Me vino

Por Emilia Díaz

Bajaba la calle con su pelo al viento y su rostro disimulando su ser mujer en apuros. Segura de sentir entre sus piernas la debilidad urgente de llegar a casa. No era la primera vez que le pasaba. Odiaba ese momento.

No era tan importante para nadie, pero a ella le arruinaba la semana. Desde el dolor al mal humor y al mandado ¨con alas¨ en la farmacia. Pero, para ser honesta, prefería eso a ir al supermercado donde estaría todo el barrio viéndola meter en el carrito el ¨pack menstruación¨ con cara de pocos amigos.

¡Qué invento las toallitas, eh?! Pensar que su madre se ponía algodones con gaza, o telas absorbentes que después lavaba. Esa semana todo el barrio se enteraba cuando veía tanto paño blanco secándose al sol! Inimaginable.

¨Hoy es un día muy especial, ya sos mujer¨ le dijo su madre la tarde de su menarca. Acababa de cumplir 9 años. Impávida, la miró atónita y pensó… ¨¿esto es ser mujer? Qué garrón!¨

¿Y si no hubiera llegado nunca ese momento? ¿Y si pasaban los años y no aparecía esa mancha roja en la bombacha y el susto, y el dolor, y el silencio…? El silencio. La vergüenza. Había sido la primera de su clase. Quería esconderlo, secuestrar la foto roja de su mente, ahogarla. Estaba triste, avergonzada. No quería, no quería, no quería que le pasara nunca más. Sólo su mamá sabía. Más tarde su prima Leticia, cuatro años mayor. Su papá nunca tocó el tema, su hermano menos. ¨No es cosa de ellos¨, pensó. Mejor, le temblaban las rodillas de la sola posibilidad de imaginarse el diálogo!

¨Menstruar, me vino el mes, me enfermé, me indispuse… ¿cómo es posible que vivas con normalidad un evento que se nombra con tanta palabra oscura?¨ le dijo su tía.  ¨¿Cómo te sentís?¨ le preguntó más tarde. ¨Llorona, molesta, incómoda… bah, no me banco ni a mí…¨ respondió con seño fruncido. Su tía la abrazó, aflojó su pecho y logró llorar aliviada.

Esa sensación incómoda que la agobiaba no era más que la amplificación de lo silenciado, a un volumen tan alto que llegaba a ensordecerla. Había aprendido a no escuchar lo que su cuerpo le solicitaba: descanso, silencio, pausa. Con 19 años era más productivo seguir con la agenda, dormir pocas horas como siempre, comer rápido y mal, no darse calor, ni amor, ni aliento. Si se detenía frente a un espejo en fase pre-menstrual no paraba de maldecirse por los granos, el vientre hinchado, la piel tan seca o demasiado grasa o su pelo sin brillo. No paraba de decirle a los demás lo que realmente pensaba, sin intentar ser diplomática ni cuidadosa, y terminaba peleada con todos que le increpaban ¨falta de tacto¨… Luego se sentía triste y culposa.

Tacto y delicadeza es lo que se espera que las mujeres ejerzamos con conocimiento de causa. Fuimos programadas para ser agradables en tiempos tormentosos o violentos, ser objetos bien decorados para ser admiradas por todos y todas – incluso en esos días que no queremos ver a nadie.

Nuestro cuerpo, templo cíclico de nacimiento, es adormecido y aturdido con analgésicos y tunning estético. Miles de consejos de especialistas en ¨belleza femenina¨ encuentran siempre una lista de ¨zonas perfectibles¨ para que nos pongamos al día con nosotras mismas. Revistas ¨del corazón¨ nos abruman con tests de pacotilla para que encontremos qué tipo de mujer se esconde detrás de la que creemos que somos.

Mientras, nuestro cuerpo sabio sigue ciclando… pero no sabemos cómo! Parece que él existe en paralelo, vivimos nuestra vida contemporánea sin un registro de lo que le pasa y mucho menos de los efectos que eso provoca. Un día nos sorprende el mal humor, como un rapto, sin aviso. Un día sangramos, sin saber que esa sangre tiene toda la información de la mujer que fuimos, que somos y que queremos ser.

¿Y si en esos días descansamos? ¿Qué tal si escribimos lo que sentimos o miramos una peli linda con la bolsa de agua caliente en el bajo vientre? ¿Y si en esos días nos damos una ducha reparadora con aromas ricos? ¿Y si volvemos a aquella novela que dejamos por la mitad en enero? Va a ser asombrosamente reparador reencontrarnos con esa mujer ¨en pausa¨ que en el fondo deseamos ser en ese momento. ¿No será que nuestro cuerpo se rebela ante la adrenalina que le imponemos y duele caminar, sentir y pensar porque no lo escuchamos?

A la Diosa Naturaleza se le ocurrió que recicláramos parte de nuestra sangre cada 28 días. Aunque la ciencia – y algunas de nosotras –  quiera, es algo que no podremos borrar de un plumazo. Aceptemos esa sabiduría como un regalo. Escuchemos a las distintas mujeres que nos habitan en el ciclo. Estoy segura que vibraremos lindo con ellas, y además de divertirnos:  disfrutaremos más.

 

Imágenes: Artista Plástica Julia Larotonda

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