Notas

Los ritos y las rutinas marcan el año

Estamos en un momento del año que es una inflexión, un mojón que divide las aguas de los 365 días.

Por Jaime Clara

En Uruguay hay un dicho transformado en verdad, que indica que cuando llegue el último ciclista de la Vuelta, es decir, cuando termina la semana de turismo, la Semana Santa, comienza el año. Esta forma de pensar nos ha hecho bastante mal. A mi juicio no es saludable, poner un límite al tiempo de ocio y al de las responsabilidades y obligaciones.

Si bien la afirmación en cuestión es una metáfora, dice mucho de nosotros mismos. Y en esto es en lo que tenemos que enfocarnos

Me gusta pensar en que el año tiene sus ritos y sus rutinas. Y cada uno se corresponde a cada época. El denominador de cada momento del año es uno mismo.

Se dice que las rutinas son malas. Para mencionar algo tedioso y aburrido se lo suele catalogar de “rutinario”. Confieso que no me parece justo. La rutina es un concepto que tiene mala prensa y no es ni buena ni mala en sí misma. Como todo en la vida, hay que ser lo suficientemente inteligente para que esa práctica, esa rutina, no termine por dominar nuestros actos, porque ahí sí se puede estar en problemas. Una rutina puede ser terriblemente perjudicial para nuestra existencia si no la sabemos manejar.

Cuando la rutina es sinónimo de aburrimiento y hastío, todo se complica. Aparecerán las dificultades, las manías, el desgaste con los vínculos más cercanos, entre otras consecuencias. La rutina, según el diccionario, no es más que la “secuencia invariable de instrucciones que forma parte de un programa y se puede utilizar repetidamente” o la “costumbre inveterada, hábito adquirido de hacer las cosas por mera práctica y sin razonarlas”. En la novela Falsas ventanas, la escritora Claudia Amengual  dice que “es mentira que la rutina mata. La rutina es hermosa cuando la rutina es feliz. Lo que mata es no adaptarse al cambio, la frustración de sentir que uno va corriendo detrás y nunca llega.”

En general, cuando somos conscientes de que la rutina nos gana, queremos cambiarla por el mero hecho de no caer en esa rutina. Pero me pregunto, ¿es esa rutina perjudicial para nuestra conducta? Se debe analizar cada caso. Por ejemplo yo tengo la rutina de madrugar. Me parece saludable, aprovecho el día, disfruto de madrugar. Lo siento como una agradable rutina y para nada un problema. ¿Está mal eso? Creo que no, porque el día que puedo dormir hasta tarde, si no tengo compromisos duermo hasta tarde.

Hace poco leía un artículo de un psicólogo que decía que en su experiencia  con pacientes ha comprobado que “lo que más extrañan las personas que quedan viudas, siendo ya mayores, son las rutinas. Ninguna de ellas se acuerda de los viajes que hicieron ni de todas las salidas y diversiones que compartieron; sino de la hora del desayuno, la del almuerzo o la cena en casa; y entrar a sus casas donde vivieron tantos años sabiendo que esa persona desaparecida no va a volver, suele ser la experiencia más devastadora. Esta reflexión sobre la rutina nos enseña que no es necesario pretender desterrarla totalmente de nuestras vidas, sino que como todo, requiere que seamos selectivos y utilicemos los automatismos para lo estrictamente necesario, tratando de prestar atención, para no vivir todas nuestras experiencias funcionando con el piloto automático. Cuando la rutina agobia, es la señal de la conciencia que indica que hay que empezar a ser más creativo también con lo cotidiano.”

La cita resume lo que pienso. Desterremos el “piloto automático”, eso sí nos hace mal porque nos hace vivir como zombies, sin rumbo. Dejemos de ser un engranaje por el solo hecho de que lo hacemos cotidianamente. Analicemos las rutinas que nos hacen bien, que son positivas, y excluyamos las negativas. Las rutinas no pueden ser barreras en las cuales guarecernos porque somos incapaces de vivir cada día con algo nuevo.